El hombre tiene un reposo, se libera de su cuerpo para saltar, volar y llegar a esa dimensión donde la imposibilidad se hace real, se sumerge en su yo interior, se convierte en peregrino de pasado y futuro, en ese tránsito divino que es el sueño. Los sueños, que más allá de las quimeras, nos permiten reflexionar en una introversión y luego enjuiciar cada suceso, explorar todo trance de ese instante que es la vida.

Mi amigo se desliza, deambula por parajes inéditos, alucina, sostiene la marca imborrable de sus muertos y anota para no olvidar los secretos que le dicen al oído, sus frases son imágenes conocidas: a ratos su amor, su abuela, su perro, la ofrenda; otras como sombras, simples trazos, ligeros, rápidos; insiste en no dejar nada por decir. Sus símbolos se envuelven en color, se untan de yute, se mezclan en hilos, es el mediador entre dioses y hombres.

Le asiste la razón del espíritu, de esa realidad onírica que es más veraz que la cotidiana, es obsequio de sus ancestros el don de hablar con su lengua, de erigir con sus deidades para volver y contar en apretados espacios, la cosmogonía del universo, la vehemencia de su credo, la poética de su religión. Es un designio, el que nos conduce, mientras ofrece su voto por el registro del alma, es un pasaje, frágil e ineludible al que llegamos, allí, donde penas y glorias no tienen sentido.

 

María Milián
La Habana, Noviembre 2015