Agua, raíces y germinación

 

Como ejercicio ritual de germinación, preámbulo de lo que con posterioridad será el árbol y el camino, se expresa el universo mágico-religioso que acompaña desde siempre al artista Santiago Rodríguez Olazábal. Observando sus lienzos trabajados por la superficie cruda, donde su mano con particular destreza depositó el dibujo y las manchas de color. Dibujo que respeta las proporciones anatómicas del ser humano en la recurrente impronta de su edad biológica. Color que aparenta recubrir los contornos de la línea, pero que a veces, como en el tríptico “El camino del Rey” circunda al personaje, donde trazos y empastes resueltos dentro de una admirable economía de recursos, demuestran como Olazábal dialoga con la poética ancestral, persuaden que no estamos en presencia de un artista dominado por el folklorismo ni las manidas, ya agobiantes reiteraciones de lo “afrocubano”. Es un creador de raigambre antigua y a la vez contemporánea quien asume en su discurso pictórico la ética y la estética del culto de Ifá. Analizado este como el máximo peldaño del legado espiritual africano, ahora en la jungla urbana, en las calles o en la trastienda de las casas. “No pinto razas, pinto al ser humano. No pinto razas porque la filosofía y la religiosidad de nuestros ancestros son un lenguaje universal”. Así enfatizó en nuestro reciente encuentro el autor de “Agua en las Raíces”, exposición que por estos días propone la Galería Collage Habana.

Formado esencialmente en la Academia de Arte de San Alejandro, Rodríguez Olazábal se presenta como uno de los íconos de los años 80 que al margen de toda moda o brecha comercial, ha sabido renovarse dentro de una estética compuesta por códigos y sabiduría milenaria; y en su doble función de artista y sacerdote de Ifá, redimensiona el culto hacia lo plástico. Es un dibujante nato, de trazo firme e imponente. De su grafito surgen personajes mestizos, ubicados en la realidad cotidiana de los practicantes del sincretismo religioso. Sus trazos funcionan como continente y musculación de seres a los que la historia imbricó de forma definitiva con las fuerzas que se encargan de circundar el universo no visual. Entonces en alguna de sus piezas de gran formato, como la titulada “Dos que son uno”, aflora el dominio del culto a eggun, cuando emplea el color blanco para definir a un ser inmaterial. No un blanco de nácar, sino de polvo pétreo, mezclado con los sustratos de la tierra. Al igual que en África, el sacerdote-artista regurgita este pigmento en presencia de los muertos, que hablan a través de la máscara con la voz de los espíritus. Pero concibe en la representación pictórica de una entidad desnuda, que danza y escupe sus efluvios, el reverso de otro ser, transcultural y contemporáneo. El espectador descubrirá una simbiosis profunda que la religiosidad perpetúa en gestos y atributos rituales cuando frente a esta pieza coloque la mirada y visualice insertados al lienzo el Ajá de San Lázaro, cauries y fragmentos de cuentas oscuras. Cabe señalar como con un lenguaje contemporáneo el artista refuerza sus visitaciones más allá del ámbito religioso, porque sus figuras humanas deambulan en sus telas como lo hacen en las calles.

Después de la irrupción de la vanguardia, muchos han sido los artistas que revisitaron nuestra africanía. Dicha cultura se comporta como una fuente viva que recurriendo a la tradición oral ofrece los basamentos para la creación plástica, cuando sus íconos, sus orishas, sus cantos, rituales y rezos fomentan la semiótica de un verdadero corpus artístico. Ese poder simbólico se hace presente en la obra de Olazábal, no solo con la inserción en sus lienzos de los objetos materiales del rito, sino por medio de la apropiación del símbolo. Tal es el caso de la pieza titulada “Para la buena fortuna”, donde un sacerdote de Ifá, hombre mestizo, nacido del más depurado dibujo asperja sus polvos de Orula. En opinión de la curadora Corina Matamoros: “Se precisarían amplios conocimientos del culto de Ifá, porque estamos ante un creador que ha devenido en estudioso de la tradición, permitiéndose profundas alusiones a sus más intrincados –y hasta secretos- significados”[1]. Sorteando los escollos de la conceptualización académica, podría expresar que el arte de Santiago Rodríguez Olazábal, resulta tan sacro como el arte surgido de “los ricos hallazgos del delta del río Schari en la región del Tchad que ha puesto a nuestra disposición miles de obras…”[2], aunque en lo formal, el artista, exprese una factura occidental, transculturada y mestiza.

No podría descifrarse toda la iconografía contenida en su pintura, porque el poder simbólico que escapa de sus manos al lienzo, quizás sin darse cuenta lo trasciende. La trascendencia es un acto de suprema espiritualidad, donde el poder simbólico actúa como conductor de un referente individual. La concepción del símbolo demuestra un acto de fe extraordinario, incorporado a la piel, no negra, no blanca, sí convulso ropaje con el que se cubren las cicatrices de la dura existencia. Véase como en el otro tríptico titulado “Los dioses caminan por las calles”, lo cotidiano aflora en las figuras, poniendo énfasis en la marcada gestualidad, también simbólica por antonomasia.

La técnica pictórica caracterizada por un empleo mesurado del color donde el dibujo enseñorea sobre los fondos vírgenes del lienzo, facilita el desdoblamiento de los caracteres psicológicos de cada personaje. Son rostros que contienen una expresión diferente a pesar de que sus rasgos, en ocasiones, puedan resultar imprecisos, o algo menguados por la sutil indagación pictórica que provocan los empastes y manchas de esta arquitectura cromática. Solo en apariencias podrán resultar seres anónimos los personajes que el pintor dimensiona e inserta en cada historia narrada a lo largo del recorrido estético y ritual que propone su muestra. Tantas veces como sea preciso será su narración pictórica coronada por el símbolo, como lo es el caso de la mujer mestiza de mediana edad, vestida de negro, con rostro y cabellos como una mancha oscura, que trata de indagar ¿Por qué: Nunca es recta la línea de la vida? Se precisa comprender que ante el espacio físico del lienzo, el artista propone un viaje introspectivo, que reubica las fronteras del universo inmaterial. Fuera de su urdimbre, la tela es el tejido social de las calles habaneras, las calles de la contemporaneidad donde cada uno lleva su historia personal hasta los límites del frenesí. Agua, raíces y germinación, son elementos que cada personaje traslada consigo, sin que exista la más remota posibilidad de desprenderse de ellos, o de naufragar en el intento por sobrevivir. La visión antropológica del ser humano que plasma el maestro Rodríguez Olazábal pasa primero por una absoluta comprensión de su Yo. Asimila a los suyos y se retrata como un hombre mestizo entroncado al camino de Ifá. Múltiples experiencias le convocan a la creación para invocar la renovada sabiduría de quién después de andar por dieciséis tierras acumuló tanto conocimiento que precisó compartir. Es un artista seducido, pues quien hablando en lengua yoruba expresa la frase Okán tó mi (desde mi corazón), contribuye a inmortalizar lo que ya, hace mucho tiempo atrás, desde una tierra lejana, dejó de ser germinal para convertirse en árbol fructificado.

Vale la pena multiplicarse en su experiencia.

 

[1] Corina Matamoros. Palabras curatoriales para el catálogo de la exposición Onilé. Museo Nacional de Bellas Artes, año 2005

[2] Elsy Leuzinger. El Arte de los Pueblos. África. Página 148

 

David López Ximeno
(Poeta, ensayista e investigador)