Camino de Orun Orere

 

Hace ya más de veinte años que escribí por primera vez acerca de la obra de Santiago Rodríguez Olazábal. Por entonces mis nociones sobre la religión Ifá Òrìsà eran apenas referencias intelectualizadas, a fuerza de haberlas descubierto en textos e investigaciones de carácter etnográfico y etnocultural.

El encuentro con Santiago fue la revelación de mi desconocimiento. Palabra e imagen parecían venir de lo recóndito, encarnados en un hombre de maneras resueltas y buenas razones para avalar la honestidad de cuanto hacía.

Algunas conversaciones ganaron mis dudas, hasta que cayó en mis manos un extraordinario cuerpo narrativo. Casi cientos de patakines y otros materiales, me dejaron ver entonces detrás de historias, signos, símbolos, ceremonias, frases y proverbios. No obstante, los dibujos e instalaciones de Olazábal me resultaban enigmáticos, pero poderosos en su prístina solución y de una síntesis representacional, que hasta hoy le ha permitido trasvasar lo retórico.

Desde su primera exposición personal, me sentí involucrada en su obra y en el sistema de pensamiento traspolado a ella. De ahí, algunos proyectos curatoriales que partieron de esta acentuada identificación con su poética.

La obra de Santiago Rodríguez Olazábal no es en verdad la transcripción del “culto”, para ostentar la sapiencia de quien se sabe sacerdote, dueño de los secretos. En realidad es y siempre ha sido el resultado de una franca reflexión a partir de todo ese acervo, para advertirnos que el universo humano tiene leyes y preceptos éticos indispensables y que “no sólo de pan vive el hombre”.

El Culto de Ifá entonces es parte de su esencia, pero también el “medio” que convierte a la obra de Olazábal en una suerte de profilaxis para liberar el alma y enmendar conductas empobrecidas. Y en su obstinada misión, ha encontrado el camino para validar aquel mensaje que va más allá de la metafísica y la fe: hazte por fin digno de las beldades de tu privilegiada condición humana.

Si algo he aprendido, es que la obra de Olazábal no es una simple declaratoria de fe, para que advirtamos los valores que yacen en el cuerpo filosófico de las expresiones religiosas afro-cubanas, ya por fin asentados por el pensamiento axiológico más inclusivista. Es más bien, la prolongación de un espectro pleno de enseñanza que se revela en virtuosa poética.

Muchos tratan de descifrar lo oculto de las ceremonias o pasajes representados, de escudriñar en los vericuetos de un universo que, pese a sus obvias fronteras de accesibilidad, se ofrece generoso en predicaciones conocidas, no sólo privativas de los creyentes.

Cierto es -como ha sido reiterado por varios críticos- que este artista nos introduce en la visión del practicante acerca de la muerte, la vida, la naturaleza del sistema adivinatorio. Nos remite a la dimensión de lo que no puede ser variado, a los límites irrevasables; asevera la existencia prefijada, el camino predeterminado y los preceptos inviolables. Es cierto también que dimensiona el sacrificio, como vía concebida para el vencimiento, el logro y la absolución, lo cual ha de ir acompañado por la obediencia. Pero más allá de lo que resulta axiomático para el iniciado, Rodríguez Olazábal acude de manera recurrente, a aquellos presupuestos avisores de la “pérdida”, que son válidos para todos, no importa la profesión de fe.

Inspirada en la deidad Ìyàmi Òsòrọngà y el culto a los ancianos de la noche, al cual sólo pueden pertenecer las mujeres, la obra El paño (2007), advierte que aquel que no hace sacrificio, es llevado por la muerte. En la oscuridad de la medianoche, suele reinar la maldad, el maleficio, que cobra la vida del desprotegido y del desobediente. En una sugerida composición triangular, el dibujo exhibe un eficaz tratamiento de las tres figuras, a través del sombreado, borrado y el uso de la tinta, jerarquizando las texturas, transparencias y volúmenes, sin restar protagonismo a ningunas de ellas, ni a los componentes simbólicos que las identifican y caracterizan. El texto al pie del dibujo alude al hecho que no hay quien quede libre de acechos y peligros provenientes de malas acciones y esas, tendríamos que aceptar, no sólo existen en la mitología, en el universo de los oshos y èléiye o brujos.

En toda su obra, Olazábal trata de substanciar, desdoblar la vastedad aleccionadora implícita en la palabra sagrada, en el código y la cosmovisión Yorùbá que, en última instancia, intenta detonar la ceguera moral, tan común en estos tiempos, para exaltar la grandeza de la humildad. Dice Ifá que, los labios de la sabiduría sólo se abrirán para los oídos que estén preparados para escucharlo.

Esta no puede ser la única forma de partir la diferencia (2007), es justamente un reclamo a la justicia, la mesura, contra toda manifestación de violencia y codicia. Cuenta la historia que Ògún y Èsù estaban pescando y alternaban las posiciones entre ellos, en una suerte de competencia, con el propósito de tener mejor captura, pero resultó que ambos ensartaron el mismo pez y entonces comenzaron a pelear. Ọbàtálá -dios del Igbo, el espíritu del Rey de la Tela Blanca- al ver que luchaban por poseer lo mismo, con porfía, dividió el pescado a todo lo largo, de manera que ambos tuvieran parte de la cabeza y del cuerpo, por igual. En su interpretación simbólica, Olazábal asume la sabiduría de Ọrúnmìlà, se apropia de la moraleja y sintetiza de manera convincente en verbo e imagen, un principio que no debiera quedar sólo en prédica.

Otro reclamo, en virtud de comportamientos menos arrogantes desde las posiciones de poder, se traduce en la obra La fuerza del hacha (2007), en la que un leñador colocado en cuclillas, es acompañado de un gran hacha, bien denotada en su apariencia superior, a través de un texto que se repite en dos hileras verticales, sobre la cabeza de la figura masculina y hasta el punto más alto del hacha, marcando la diferencia: Esta sigue siendo la medida de alguna de las cosas. Y de eso se trata, de subrayar la fuerza del poder, del uso de la fuerza o el abuso a través de la fuerza y a partir de lo que, en este caso, simboliza el “medio”, más allá de la verdadera “dimensión” del hombre.

Lamentables conclusiones acerca de la obra de Olazábal, sólo connotan el hermetismo de la iconografía aparentemente inescrutable y muchos terminan por no ver, en la orfandad de su ignorancia. Y no me refiero a los profanos o ateos y neófitos, en la dignidad de su condición, sino a los que prefieren no percibir, lo que en verdad por dado, no se pregunta. Y es que quizá, como bien notó Simón Njami, “… la obra de Olazábal es difícil en el sentido de que hay que merecerla…”1

En los últimos tiempos existe dentro de la crítica, una pertinaz tendencia a privilegiar los componentes conceptuales, a sobredimensionar el qué, relegando el cómo y sin saberlo quizá, olvidan la ineludible relación de todas las propiedades y cualidades del arte. Por ello creo indispensable distinguir la excelencia del dibujo de Olazábal, en el que sortea las bondades y desafíos de la figuración, así como las técnicas y materiales que utiliza, en virtud de esa energía que transmite y que no siempre podemos explicar.

La composición es resuelta en ese otro nivel que nos sugiere lo remoto, como remotos son las tierras y el tiempo de donde provienen el poder y la espiritualidad de lo ancestral. Ese universo es asumido, a través de las presencias intangibles pero latentes, que son transferidas a las figuras casi siempre recortadas, como siluetas, suspendidas del espacio y de los tiempos pasado, presente y futuro. Por eso, Sàngó, el rey que nunca ha muerto (2007), yace, levita, reposa confiado y en viril gesto parece perpetuar su poder, su confianza y su luz.

En sus obras más recientes, la inserción del registro fotográfico actúa como referencia documental que hace perenne una existencia negada y legitima la memoria. Tal es el caso de la obra La marcha (2007), en la que cuatro recortes fotográficos, de una misma figura masculina de origen africano, encarnan el peso de la historia y el trabajo, que a su vez es connotado por el dibujo de un yunque, sobre un plano negro recortado y agigantado, bajo lo pies de aquellos hombres que en su marcha continua, han esparcido la vida y la energía que representan.

Un singular contrapunto se establece entre las líneas y los volúmenes sugeridos con el efecto propio de la aguada o la tinta, pero en gesto casi intuitivo, expresionista, que hace su figuración grave y dota a sus obras de una fuerza desafiante y conmovedora. Pero en esas combinaciones hay organicidad, pensamiento e imagen articulados, justo en virtud de esa idea de comunión de lo etéreo, dado en la transparencia, lo fragmentado e incompleto y lo corpóreo, lo terrenal, insinuado en la mancha, el objeto, la materia. Pienso en El Cazador de elefantes, Esta no puede ser la única forma de partir la diferencia o Cuando el alma gemela vino a buscar a persona, todas obras del 2007.

De igual manera, la constante experimentación le ha permitido a Olazábal, explotar las posibilidades de diversos medios de expresión, técnicas y soportes, dígase papel kraft, cartulina, tela, polvos y pigmentos naturales que se utilizan en ceremonias, acrílico, pastel seco, carboncillo, tinta, crayón, lo mismo para pintar o dibujar, para esculpir o hacer instalaciones.

En su más reciente exposición personal Pequeñas cosas, realizada en el 2007, Olazábal parece haber entrado en un proceso de “depuración”. Si bien continúa su renuncia a lo explícito, en tanto la anécdota sólo existe en sus esencias, las soluciones formales denotan el rigor de la racionalidad, el “tono” es más refinado y la imagen contenida, resuelta en un dibujo aséptico, aunque indudablemente original.

No hay grandilocuencia en estos dibujos, en los que imagen y texto embisten la linealidad interpretativa del receptor. Me inclino a creer en la dualidad de una obra, en la que lo críptico incita al cuestionamiento y a la reflexión. Y lo irrefragable (àyànmó ìpín) no niega la pertinencia y posibilidad de la acción de redimir. El mundo “esotérico” de la Santería, opera como una suerte de intrahistoria que deja margen a múltiples subtextos discursivos, en una ideografía y una “sintaxis” que elude lo gratuito y lo pletórico, porque mínimos son los recursos de este visionario, como mínimo es lo que nos salva o nos conduce a la muerte espiritual. ¡Qué más habría que esperar!

 

Por Hilda María Rodríguez Enríquez
Febrero, 2008