CRECER, PINTAR

 

Santiago Rodríguez Olazábal (La Habana, 1955) es uno de los artistas más serios de Cuba, no sólo por la entera y devota dedicación a producir su obra sino también por su recia personalidad, afabilidad y elegancia en sus relaciones. Seriedad no es en este caso sinónimo de gravedad, profesorado, altanería, extrañamiento; solo que en nuestra cultura nacional no es común encontrar a artistas como Santiago, ajenos a veleidades de tendencias y expresiones de moda sin importarles su ubicación en las tablas jerárquicas que suelen inventar a veces críticos, coleccionistas, curadores, casas subastadoras o historiadores.

Es un artista solitario, de escasa o nula participación en grupos o movimientos generacionales, más bien dispuesto a aparecer en el firmamento del arte, en la “escena artística cubana”, solo cuando ha creído concluir un ciclo vital creador y cuando ha arreciado su fe, hasta la conmoción, por lo que hace. Conocido por sus dibujos, grabados, instalaciones, ensamblajes, recién finalizó una serie de pinturas en el 2014 que exhibió en La Habana a fines de ese año, y principios del 2015, bajo el título de Palabras y que me ha sorprendido de muchas maneras a sabiendas de su conocida formación religiosa dentro del sistema de la santería o Regla de Ocha. En honor a la verdad, la religiosidad (en la que incluyo fundamentos, historia, estructuras, ritualidades, mitos, símbolos, signos, lenguaje) que sustenta su obra debiera ser conocida para gozar plena y verdaderamente de ella pues si no tenemos que asumir el riesgo de disfrutarla en un sentido estricto en tanto imágenes (que al fin y al cabo eso son), plasticidades o visualidades, dentro de los conceptos tradicionales de la pintura a lo largo de siglos.

En ello radicó el desafío de su exposición realizada en la galería Habana y que sorprendió a muchos dado que Santiago ofreció un rostro diferente. A ella asistí despojado de conocimientos y nociones precisas de nuestra herencia yoruba, dispuesto a disfrutar de sus formas y líneas, de sus textos y numeraciones, de sus símbolos y signos, y de diversidad de objetos que complementaban varios de los lienzos colocados en las paredes de la galería. La disfruté a sabiendas de que desconocía una parte de lo que el artista quería decirnos a los espectadores poco informados del mundo sobre el cual se sustentaban sus propuestas. Lo mismo me ha sucedido cuando he debido enfrentar la obra de artistas cubanos que expresan este u otros aspectos de nuestra religiosidad popular como Wifredo Lam, Roberto Diago Querol, Manuel Mendive, José Bedia, Juan Francisco Elso, Ricardo Rodríguez Brey, Rubén Torres Llorca, Carlos José Alfonzo, Marta María Pérez, Ibrahim Miranda, Belkis Ayón, Florencio Gelabert Soto, Ever Fonseca, Ramón Moya, Roberto Diago Durruthy, unos con mayor o menor profundidad, por supuesto, desde los ya lejanos años 40 hasta nuestros días. Y conste que pudiera afirmarlo también cuando admiro obras de otros artistas latinoamericanos, europeos, africanos, asiáticos, árabes en La Habana o en otras ciudades del mundo. Por lo general este complejo asunto lo pasamos por alto (y hasta quizás tengamos razón pues no podemos “conocerlo” todo) pues desde las primeras pinturas parietales los artistas no están al lado de sus realizaciones para explicarnos lo que hacen ni tenemos suficiente tiempo para informarnos de todas aquellas razones y sustratos sobre los cuales construyen sus discursos. De ahí la importancia que asume la esteticidad (formal, emocional, espiritualmente) para establecer los primeros acercamientos (a veces hasta grados de profundidad extraordinarios) con una obra de arte. Albergo la sospecha de que Santiago ha tomado en cuenta la ignorancia de algunos de nosotros y ha decidido, esta vez, acortar los caminos entre su creación y una mejor y más eficaz recepción de la misma, e inquietarnos de otro modo para hacer saltar el pez de la curiosidad en medio de sus aguas territoriales. Y quien sabe si gracias a ello comenzaremos a indagar más en los misterios e iluminaciones de ciertas creencias religiosas para un mayor disfrute de nuestros contextos culturales, sociales, o nos incorporemos a habitar ese universo espiritual suyo de una vez y para siempre.

Diáfanos fundamentos filosóficos sostienen la columna vertebral de su obra, matizada por emociones y sentimientos donde anidan la angustia, incertidumbres y certezas al mismo tiempo, y una atmósfera de concentración en la que flotan sus ancestros y su origen familiar. Es bueno recordar ahora lo que en cierta ocasión el propi artista señaló: “… no pretendo copiar ni reproducir un modelo mítico que enfoque el pensamiento histórico africano, sino hallar una nueva forma de presentar cómo han arraigado, a través del tiempo en nuestra tierra, elementos de la cultura africana desechando lo exótico y lo pintoresco con todo el sentimiento cubano que llevo en la sangre. Me he preocupado siempre por asumir mi identidad, reinventándola formal y conceptualmente. Asumirla desde un punto de vista contemporáneo y prístino…”

En esta exposición Santiago coloca en un plano de gran importancia lo pictórico sin renunciar al dibujo y a los elementos gráficos por cuyo reino se ha movido con soltura desde muchos años atrás, aun cuando en las palabras que escribió para esta ocasión estampó: “… pensé en la importancia que siempre ha tenido y tiene el dibujo en mi obra. Para mí, dibujar es una manera de escribir, con una iconografía que actúe y exprese las cualidades de sus propias circunstancias poéticas…” Su interés marcado en subvertir la polaridad dibujo-pintura adquiere aquí matiz polémico pues unos y otros valoramos de modo desigual sus intenciones, propósitos y resultados finales. Esto, en apariencia, no es grave pues qué más da una aseveración u otra pues lo trascendente es lo logrado más allá de teorías, puntos de vista, tecnicismos. El dibujante que es Santiago se nos revela como pintor, y ambas caras pertenecen a la misma moneda: la balanza se inclina hacia los dos lados sin prejuicios ni accidentes. Pero Santiago es también objetista, escultor, cuya evidencia la hallamos en la oncena Bienal de La Habana (2012) con su enorme instalación “Permanecer en la tierra”, conformada por dibujos, pinturas y objetos ocupando totalmente una de las bóvedas de la Fortaleza de La Cabaña como parte del programa de exposiciones colaterales al evento. Se trata de un creador que asume la obra y el espacio en que la proyecta como unidad, como sistema integrado e integrador de variados soportes y expresiones formales: ninguno prevalece por encima del resto ya que Santiago articula su discurso sobre la base de un equilibrio enteramente racional, con acentos específicos cuando lo necesita y sus necesarias variaciones.

En Palabras, el artista continúa desarrollando estas relaciones aun cuando se trata de obras individuales, la mayoría de ellas dibujos y pinturas. Desde la entrada a la galería el espectador recorre obras colocadas sobre la pared (Dos orillas, La sombra, Cada cual en su espacio, Viento misterioso, Sin alma, Éxtasis…), rematadas al final por una modesta instalación titulada El talismán del rey (carboncillo, hojas de árboles, muñeco, amuleto vertical colgante con cuentas, caracoles, colmillos y tarros de animal). En general se observa en el conjunto un variado espectro de animales y figuras humanas en distintas actitudes y posturas que se entrelazan a pesar de la distancia entre cada obra: las acompañan números, puntos, textos y algún que otro signo matemático. Es admirable la delicadeza con que Santiago establece nexos entre lo bidimensional y el cuerpo de objetos pequeños (sillas, sacos, botija de barro, ramas de árbol, telas de colores, hacha) para enfatizar sus ideas sin que nos abrume nuestro desconocimiento del papel efectivo, funcional, que protagonizan en cada pieza.

Su pintura y dibujos están basados en el acrílico, colocado casi de manera plana, bien cercana a la gráfica, en cuyas composiciones aparecen esos hombres y mujeres, esos animales, flotando en el espacio de la tela como surgidos o entrevistos en sueños y alucinaciones poéticas. Actúan en tanto fonemas visuales de ascendencia literaria sin que necesariamente haya que recurrir a algún tipo de narración o descripción para comprenderlos, disfrutarlos. Eso es lo contemporáneo y prístino a la vez que preservan tales obras dentro de una tradición estética legada por el siglo xx. Santiago se emparenta así (sin proponérselo, creo) a una nueva pintura que ha logrado interesantes reformulaciones en este inicio del siglo XXI, liderada por jóvenes creadores que apenas rebasan los 30 años de edad. El pensamiento histórico subyacente en casi toda su obra se sumerge ahora en un presente dinámico, cambiante, pleno de “nuevas formas”. Con esta exposición podríamos remitirnos a otra de las viejas discusiones en torno a lo que es dibujo y lo que es pintura pues la línea divisoria aquí es muy tenue, casi imperceptible. Aunque el dibujo haya sido su principal arma de formación, obviamente no está interesado en aclarar la duda que tantos dolores de cabeza producen a críticos, curadores, teóricos, historiadores, coleccionistas. Este nuevo siglo pone todo patas arriba: se especializa en sembrar incertidumbre, perplejidad, asombro, en borrar fronteras, límites, territorios, en negociar relaciones institucionales, intelectuales y comerciales, en hacernos vacilar una y otra vez sobre nuestros conocimientos y experiencia. ¿Qué es lo esencial en estas obras? El conjunto y cada una de ellas, los cambios que introduce y vaticina.

Estamos, pues, en presencia de un artista incansable, jamás dormido ni dispuesto a descansar a lo largo del farragoso camino del arte, consciente de que hay que seguir buscando y encontrando a la vez, de que ninguna fórmula es buena para la creación por muchos aplausos que esté dispuesto a escuchar.

 

Nelson Herrera Ysla