Enigmas en la casa de las imágenes

 

Los enigmas viven en el espacio artístico de Santiago Rodríguez Olazábal. Esta exposición tiene como título Güemilere, una fiesta en la casa de las imágenes, que según la denominación de origen yoruba, reenvía al África ancestral y a su universo mítico. A esa fiesta hemos sido convidados.

La casa de las imágenes es un espacio simbólico, cargado de energías que están activas en los objetos y en los atributos que remiten emblemáticamente a los orishas del panteón yoruba en la santería cubana. Ese lugar no es ni una iglesia ni un templo; esa casa es hogar de creencia y devoción, donde se asientan los poderes que el creyente alimenta y purifica con la práctica de su fe en una convivencia cotidiana y trascendente a la vez. Es un sitio de secretos y misterios, y el artista que nos invita al Güemilere es un gran conocedor de la filosofía y el pensamiento que sustentan esos fundamentos religiosos traídos por los que vinieron en los barcos negreros, legados por ellos a sus descendientes quienes lo trasmitieron a otros, y así sucesivamente. Se trata de una mítica de simbiosis y sincretismos que se hizo popular y llegó hasta nuestros días.

En la obra de Olazábal, esa casa se ha hecho espacio pictórico y territorio enigmático, en el que las figuras sintetizan ciertos estados del espíritu dentro de una concepción mágica del universo, en el que, con palabras del artista “todo está en clave” y él se considera “un traductor que rinde homenaje a la memoria…”, de los que le precedieron en el ejercicio de esa práctica y de los que continúan en esa tradicional consagración donde habitan la fe y su imagen. En ese sentido la relación de lo representado en las obras con su referente textual, en los títulos, refuerzan todo la expresividad del dibujo, de este excelente creador con una larga y prestigiosa trayectoria artística reconocida nacional e internacionalmente.

La línea consistente y ágil de sus dibujos en grandes formatos resalta aún más sobre los soportes de tan intensa blancura que resultan un emisor de luz, y en ellos, la soledad de los sujetos en el espacio pictórico, inmersos en el silencio interior de las obras, relacionándose consigo mismo y con los objetos que el artista ensambla en la superficie para ofrecerle un dato simbólico de sujeción a los designios que se juntan en ellos, por ser talismanes contenedores de secretos y profecías. El cuerpo y sus partes son un poder para el universo de la santería, y el artista los muestra con todas sus energías en la diversidad de figuras que dibuja, según género, edades y rasgos fenotípicos, lo que actualiza -y universaliza- la dimensión humana de la práctica en su obra; pues si bien en su origen está religión vino de África y fue objeto de culto por los afro-descendientes, hoy es de Cuba y posee todos los colores de su existencia social y cultural como nación.

Por el cuerpo transitan los valores que suponen la entrega y la consagración. Los orishas se montan sobre los creyentes y elaboran con ellos una peculiar interacción de personalidades en la que la deidad se impone para lograr expresarse a través de su medium. Así cuerpo y palabra se entrecruzan para hacerse mensaje, y la danza y los tambores sagrados crean en la casa de las imágenes el espacio de ritualidad ceremonial que es parte esencial del culto. Allí los códigos son mágicos. En la casa de las imágenes pueden alcanzarse todos los estados del alma, el transe, el éxtasis, las inclinaciones y elevaciones, los milagros y los castigos. El cuerpo es parte esencial de las ofrendas y las entregas se hacen con toda la intensidad de las contracciones corporales. Y entonces el rojo Olazábal –fuerte e intenso- color de un orisha mayor, deidad del rayo y el trueno, aporta la intensidad necesaria para tensar la composición y la relación entre los cuerpos y las fuerzas que el color expresa. La obra “Éxtasis”, revela esa presencia del rojo Olazábal y de una condición de ese estado en la mujer tendida, que lleva en su mano la doble hacha- también roja- atributo de Shangó. Esa coexistencia de los colores y los símbolos es un entrelazado de la propia existencia, que en términos visuales aporta a las piezas una singularidad que impacta y refuerza su proyección simbólica y sus valores estético-artísticos.

En el universo animista de las religiones de origen africano, todo lo existente se impregna de sentido. Y el espectador observará ciertos puntos enfáticos -dispersos y concentrados- en el espacio pictórico, en cantidad de uno y muchos, donde la aparente invisibilidad de un orden es parte de los enigmas que tensan las fuerzas ocultas de ciertas energías. Lo que se ve no es necesariamente lo que es, y viceversa. Santiago Rodríguez Olazábal es un artista nada convencional porque su universo artístico y conceptual tiene la infinitud de todas las creencias humanas, que en el caso de la santería cubana se asienta en una sabiduría y una práctica ancestrales, trasmitidas a través de las generaciones y con el carácter –además- de una experiencia activa, generadora de nuevos tópicos de interés para la cultura y el arte. Esperen la invitación a un próximo Güemilere.

 

Yolanda Wood
La Habana. Febrero, 2013