La herencia de Olazábal

 

La razón de ser de este espacio- que el Museo Nacional reserva para presentar creaciones recientes de artistas cubanos- en esta ocasión exhibe un conjunto de obras de Santiago Rodríguez Olazábal donde se revela una novedosa manera de hacer de este artista.

Quienes hayan visitado su exposición de sus excelentes dibujos en la Casa de la Obrapía o sus trabajos posteriores en la galería Galiano, coincidirán en la diferencia radical de este proyecto en relación con los anteriores. Sin embargo, esta es una idea surgida en 1988, cuyo antecedente es una pieza presentada en el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño. Como colofón se gestó Herencia 1492 – 1992… 500 años, en 1989, título que se emplea ahora para nombrar esta propuesta.

En estos trabajos realizados en papel kraft- material no usual en este artista- imperan el amplio formato y el sentido de tridimensionalidad. Desde diversas aristas se remiten a los problemas esenciales del hombre. Nos hablan de su propia educación: madre santera padre católico y la influencia directa que las dos familias pudieron aportar a su conformación de la realidad. Estas diferencias notables forman un sistema de creencias a partir de sus vivencias. Su proceso creativo está sujeto a un compromiso consciente con la santería y el cristianismo que en él confluyen. Y esta sincretización de fe de índoles diferentes hace particular su acercamiento a la religión. Este aspecto subyacente anima la labor de Olazábal y se convierte en el centro de su expresión artística porque es parte de su conocimiento y de su práctica, integrado a su pensamiento y a su acción.

La esencia de sus presupuestos teóricos, versan sobre un tema recurrente por estos días en que se celebra el medio milenio del Encuentro de Dos Mundos. Término este bastante problemático acerca de un asunto tan controvertido, que en sentido general se expresa como el choque de dos culturas, visto desde la perspectiva europea, o el genocidio de una cultura sobre otra, desde el punto de vista americano y su consecuente colonización destructiva. Aunque este aspecto negativo del fenómeno, irónicamente, dio la posibilidad de que naciera una América diferente donde cohabitan varias culturas, dando origen a Nuestra América de hoy, mestiza y fortalecida.

Esta es la savia que nutren estos trabajos. Las preocupaciones filosóficas de Olazábal apuntan hacia la cosmovisión de estas culturas, creando una obra de fuerte mítica y de profundo contenido social.

Su discurso artístico se integra a la diversidad de tendencias que caracterizan la década del 80- nutrida por la influencia de corrientes internacionales-, impulsora de una estética nueva en el ámbito cultural cubano. Se aprecia una apertura de lenguajes en el terreno del arte donde la visión del hombre americano se alza como una de las temáticas abordadas. De esta confrontación con la realidad continental surgen estas imágenes en torno al polémico descubrimiento de América.

Tras un período de análisis, cuando Olazábal decide dar rienda suelta a sus ideas sobre este tema rápidamente toman forma estas piezas realizadas en lo que va de este año, las que sin dudas constituyen un núcleo enriquecedor en su trabajo.

Así nace el Hijo del Fuego, con una concepción donde se conjugan al unísono, integrados, espíritu y aire; tierra y volcán, en una estructura que concretiza la violencia que emana de la creación del planeta. Esta representa en síntesis toda la verdad acerca de la iniciación y sublimación de los secretos de la tierra.

Figuras expresionistas de hondo contenido dramático conforman buena parte de la muestra. Su mejor ejemplo es, La misma Piedra, donde aparece la figura de Cristo en una composición de formato triangular, semejando el estandarte de la colonización como símbolo destinado a “salvar” almas, y sin embargo, utilizado con frecuencia para aniquilar. En fuerte contraste, debajo, dos figuras terrenales- cada una lleva un cuchillo manchado de sangre en la punta- cuyas lenguas alargadas están atadas a una piedra, conforman esta instalación que hace referencia a la maldad, a lo deshonesto como aspectos negativos presentes en el ser humano.

A manera de resumen La marca, funciona como un autorretrato. Representa al hombre marcado por un destino religioso y se expresa con una cruz en la palma de su mano. Su presencia emerge como carta de presentación y se sitúa como paradigma de la herencia que han dejado estos 500 años en el propio creador, quien sustenta su optimismo en una frase de Salomón en el Antiguo Testamento, que sintetiza sus sentimientos sobre este particular:

Una generación se va, y otra generación viene,

Más la tierra siempre permanece.

 

Hortensia Montero. Junio de 1992
Curadora del Museo Nacional de Bellas Artes

Texto para el plegable de la exposición, Herencia 1492 – 1992… 500 años. Museo Nacional Palacio de Bellas Artes. La Habana, Cuba.