La ruta de Santiago Rodríguez OLAZÁBAL

 

Los hombres que llegan a Cuba desde África, en una diáspora singular definida por la trata de esclavos, marcan una huella profunda en las Artes Visuales cubanas que, a través del tiempo, puede estudiarse en un desarrollo que transcurre por diversos estadios, dentro de los límites de cada momento histórico, reflejando el espíritu de la época, sin embargo, como una descripción global, podemos afirmar que ese desarrollo no es otra cosa que la singularización de un relato de legitimación. Al estudiar la obra del artista Santiago Rodríguez Olazábal, Ciudad de La Habana, 1955, configuramos una praxis artística que actúa como un programa de iluminación sobre zonas muy oscuras contenidas en la espiritualidad Yorúbá, una denominación religiosa conocida en Cuba como Santería o Regla de Osha.

El conjunto de la obra de este creador se refiere más al muerto (egun) y a la muerte (Iku) que a una interpretación o ilustración del panteón Yorúbá y transita en una evolución propia y nueva, desde sus dibujos en pequeño formato de sus primeras muestras hasta los inmensos e intensos dibujos, pinturas e instalaciones que pudimos ver en su muestra más reciente:

”YO NUNCA MORIRÉ” (galeria Habana, noviembre 2002 – enero 2003) en la que manifiesta su profundo respeto a sus antepasados, remontados desde una línea perdida en la historia hasta constituirse en mito vivo.

Cabe señalar que la obra de Olazábal puede asumirse no sólo como valor estético que atrae al más exigente de los consumidores de arte; sino como un documento de carácter religioso propiciado por la intimidad y el saber. No se constituye en un torpe ejercicio descriptivo, como a veces ocurre entre nosotros, sino de un texto de graves resonancias, marcado por las impresionantes visiones de un adepto, facultado por su religión a alcanzar altos niveles de sabiduría.

En la muestra “YO NUNCA MORIRÉ” se aprecian obras que, desde el punto de vista artístico aparecen como complejos formales de gran intensidad; pinturas, dibujos e instalaciones que se apoyan y complementan entre sí con sus diversas técnicas que muestran una mano dotada y un talento que no se agota. Aunque el disfrute de las formas externas es grande, una interpretación cabal del texto actuaría en beneficio del crecimiento del que mira; lo que obligaría a excavar en el desarrollo de la presencia de África en la obra de arte cubana y en las teorías estéticas, históricas y filosóficas que la sustentan.

Los resultados de este análisis más completo, naturalmente, explicaría de algún modo cómo el tema de África en nuestras Artes Visuales, transita por diversas escuelas y estilos desde la academia, los diversos “ismos” del siglo XX hasta el presente, en que trasciende la modernidad al negarse como un relato construido para sí mismo. La obra de Olazábal se eleva agónicamente contra un hedonismo autocomplaciente para promover una imagen diferente, que incluye el flujo y reflujo de diversas tendencias y contrarresta la univocidad y linealidad del discurso moderno.

Echando mano a diversas técnicas, transitando por encima o por debajo de los cercos estilísticos, empujando con todas sus fuerzas desde los márgenes hacia el centro, construye sus obras como fisuras en tiempo y espacio, en un diálogo permanente con los seres que ocupan su pensamiento y le dan la fuerza necesaria para regodearse en su diferencia. Una obra importante en esta muestra, seleccionada más por el gusto personal de la que escribe, pues cada obra está dotada de gran carisma, es “EL LÍMITE” (2002, técnica mixta sobre lienzo, 200×180 cm. En esta pieza se produce en lo referente al tema un diálogo representacional entre dos odu Ifá1 pertenecientes a sus dos ancestros: su bisabuelo, Ramón Febles y su tío. En esta obra se refiere la estrecha relación con el egun (hombre muerto) y la bajada o isalaye de la diosa Oshún (según las infinitas líneas que relacionan a los humanos con los dioses, Olazábal es hijo de Oshún) a la tierra. La obra muestra los tres niveles de la vida: la realidad que pasa sobre la tierra, representada por un perro. Este animal no está por gusto, sino como tal pertenece a diversas deidades: Olódúmáre, Ogun, Obátálá, entre otros (esta pertenencia permite que el perro pueda ser sacrificado en homenaje a estas deidades). En el cuadro, el sacrificio está dado por la sangre que orina el perro, un acto de violencia minimizado estéticamente. El segundo nivel, es la tierra misma, una tabla donde se guardan los elementos del culto: signos, representaciones de los cuatro elementos; aire, tierra, agua, fuego, güiros, plumas cabezas de gallina, plumas de guinea (ave de connotaciones esotéricas muy fuertes en la santería) entre otros. Debajo está el tercer nivel, el inframundo, donde dentro de sus límites está el egun. Este descansa sobre una línea curva amarilla, su propio límite. Para el no adepto, estos tres niveles marcan sus diferencias, para el sacerdote de Ifá, todo es uno, no hay límites entre estas aparentemente tres realidades, pues él es un vivo entre los muertos y un muerto entre los vivos.

Esta concepción obliga al artista a establecer rutas en lo referente a su estética. De ahí el predominio de la planimetría que coloca todo en primer plano, para ello, Olazábal se apoya en los diez preceptos de Cezanne, que desdeñan el volumen, el horizonte, la profundidad. Cuando desea destacar algo, usa el color, un objeto determinado o simplemente, deja el lienzo sin tocar.

De manera que si bien, una lectura superficial de la obra del artista que proporciona un goce estético, puede profundizarse si intimamos con el tema que lo ocupa en otra lectura compleja y extraordinariamente interesante.

La pluralidad de su lenguaje que incluye diversas manifestaciones y técnicas, dibujo, pintura, escultura, grabado e instalación, dota a esta obra de muchos niveles de interpretación, una proyección polifónica que no necesita de un modelo paradigmático. Dentro de las Artes Visuales y el tema de África ofrece su respuesta: la tradición y el culto permanecen inamovibles en tiempo y espacio, incluso con respecto a sus modelos africanos actuales, sin embargo, en relación con el desarrollo del arte, establece sus propias combinaciones. Un ejemplo bien elocuente de la relación libertad autoral-canon de la fe.

Santiago Rodríguez Olazábal establece, desde los mismos inicios, que no tiene la voluntad de racionalizar valores que son propios del alma humana, a la vez, agota sus posibilidades intelectuales en el sentido de aprehender lo más profundo del culto y las vías artísticas que actúan como medio de expresión. Esta acción produce una profunda inflexión en el arte cubano de hoy; en la contradicción, libertad-dogma, instala tensiones cuya solución este artista ha tornado posible.

En el tema de África en las Artes Visuales cubanas se producen rupturas que funcionan como asteriscos que señalizan los cambios: Victor Patricio de Landaluze, Roberto Diago y Wifredo Lam, Manuel Mendive, Agustín Cárdenas, entre otros. Pienso que Santiago Rodríguez Olazábal con su obra, marca un giro lingüístico en lo que habría que considerar un paso de los primeros en el espacio que se abre después de la eternidad.

 

Publicado en la revista electrónica ESQUIFE: www.esquife.cult.cu. La Habana, Cuba. 3 de noviembre del 2003.

 

Lázara Castellanos
Crítico de Arte, poeta, novelista y curadora