La sublime dimensión visual de la palabra

 

Seguir la trayectoria creativa de Santiago Rodríguez Olazábal me ha permitido comprender y constatar el carácter de sistema de toda su obra. Esto que sugiere organicidad y dinámica, le ha salvado del anquilosamiento, aún cuando su tematización continúa esencialmente apegada al culto de Ifá.

En rigor, Olazábal persiste en el asentamiento del trascendental arcano mundo religioso de origen africano, que es todavía rechazado, desconocido en sus bondades y temido, aunque paradójicamente es también deseado como vehículo profético, como “atajo” para presagiar el futuro. Es innegable que la curiosidad es consustancial a la naturaleza humana.

Es lamentable la antinomia que, aún en la proclamación de la inclusividad, el respeto a la diferencia y la autonomía en la selección de credo, se disminuya la valía de las expresiones religiosas de origen africano frente a otras religiones que, obviamente se impusieron respaldadas por mesiánicas operaciones civilizatorias de los que han detentado el poder. Pero a estas alturas de la historia, me refiero claro está, al arraigo del prejuicio social que subyace en la ínsula, más allá de políticas y de la apertura oficial, con lo cual no hay dudas que justipreciamos el valor de la axiología y la flexibilidad que ha disminuido el conflicto del iniciado para mostrar su escogencia e identidad espiritual. En verdad, la aceptación sin ojerizas precisa del tiempo, la tolerancia, el respeto y la comprensión de la posible coexistencia de diferentes “caminos de fe”, sobre todo si ellos nos conducen a perseverar en la noble utopía del mejoramiento ético-espiritual.

Lo distintivo de la propuesta ideoestética de Santiago está en ofrecer un mensaje que va más allá de la metafísica y jerarquiza lo que debe enseñarnos a aliviar la desesperanza, crecer en la dimensión ética; al tiempo que dignifica esas expresiones religiosas e intenta reclamarlas del dolor histórico. Ello es un aserto, como lo es también el hecho que, en ese gesto auténtico de entrega a sus principios de fe, no hace una acción de traducción, ni ofrece versiones folklóricas, pintorescas o exhibicionistas de la otredad. Sus obras no quedan atrapadas en la superficie del lienzo; la hondura del texto visual nos incita, aunque deja claro cuáles son los límites que no son necesarios penetrar.

Olazábal “viaja” en el tiempo hacia la bondad de la ancestralidad. Tanto es el respeto y la veneración que, logra construir una ideografía que tiene como premisa la investigación de lo que le fue dado en forma incompleta a quienes han decidido “recibir” todo aquello que, en verdad, constituye una tradición viva. Pero como conocemos la representación visual en el culto Ifá-`Orìsá fue prohibida, violentada, de ahí su equiparación con el imaginario católico y con otros elementos simbólicos provenientes de diferentes fuentes, los cuales resultaron pragmáticos para los negros africanos que portaron consigo sus sentimientos de devoción.

Este artista rescata de la memoria, sobre todo del reservorio preciado de la oralidad, toda la riqueza de una narrativa que le permite imaginar, visionar y crear entonces, su universo iconográfico. De ahí la importancia de la palabra, que deviene sagrada porque es la prolongación de la sapiencia, también la pertinencia de los títulos de las obras, textos, frases y la transcripción parcial o esencial de los ODUN a los que se refieren las piezas, los cuales el espectador busca en su aspirada relación dialógica con ese universo. En ese sentido la entrega de Olazábal continúa siendo suscitativa, de manera que la recepción pasa ineludiblemente por las interrogantes, en el mismo nivel en que ocurre el impacto ante imágenes de vital fuerza, síntesis y enigma.

Mas no solo se trata de una obra contenidista, de grave sema y trascendencia por el aporte que constituye la reconfiguración de una visualidad que estuvo signada al extravío. En el talento se explica también la virtuosidad de la ejecución, la buena mano de un lado y la profundidad conceptual de otra.

La proposición titulada “Palabras, encontró en el laberíntico espacio de la Galería Habana, un lugar singular para las fuerzas legendarias de la historia cultural, la pertinente presencia de la luz y la sombra con claro sentido teatral; el denuedo honesto de un artista que propende un puente cognitivo y sensorial. Ahora irrumpe el color causando mayor impacto que en muchas de las obras precedentes. Santiago parece retomar expedientes artísticos aprehendidos y deja que se revelen las bondades del informalismo, tal y como se desata el gesto de explosividad anímica, para otorgar vida a los territorios propios del ritual.

Quizá sea necesario recordar que el universo religioso Yoruba se distingue por el espectro de colores y matices que identifican y acompañan a las deidades, y también con paños de colores se cubren los ¨objetos¨ portadores de poderes y energía. Una vez más renuncia a la mera representación del objeto y opta por colocarlo en su voluptuosidad física, traspolado en su condición de significante dentro del texto visual.

El color asalta zonas notables de las telas de grandes dimensiones y se me antoja pensar que, Olazábal está tanteando con los efectos cromáticos en expresión de búsqueda. La excelencia y vigor de su dibujo están probados; la soltura, incluso partiendo del “modelo” de pregnancia naturalista, le otorga frescura y desenfado a las imágenes. Pero la mancha de color intensa, aún con tonos cercanos al pastel por la intervención del blanco en su mezcla (violeta, azul, siena), connotan las acciones de los protagonistas de las escenas de rituales y ceremonias, a quienes ancla en su atemporalidad. Pienso en obras como “La sombra”, “Conjuro”, “Cada cual en su espacio” y la poderosa imagen de “El silencio de la pradera”, todas realizadas en este año 2014, y algunas de ellas guardan el olor del pigmento recién colocado, los destellos del trazo del carbón fijado pocos días antes de la exposición.

Como es característico, en el diseño y las composiciones se jerarquiza lo simbólico sin demasiado artificio; uno siente la puridad convulsa de la construcción que fluye agitada del pensamiento y la emoción, queriendo liberar la dinámica espacio-temporal y dar sonido a la palabra que se abre paso en los labios de esos seres que viven a través del lienzo para advertirnos y “asistirnos”. Algunas figuras parecen que levitan en el, ya referido por el artista, “éxtasis metafísico”; en el pasaje de comunicación esotérica y de encantamiento poseso, que las eleva a los túneles de la espiritualidad, diría yo. Otros personajes están bien plantados, como plantado debe estar el bien, en el camino que hemos de andar.

 

Hilda María Rodríguez Enríquez
Diciembre, 2014