Las pequeñas grandes cosas de Santiago

 

Cada generación debe escribir su historia universal.

Y ¿cuándo existió una época en que fuera tan necesario

como en el presente?

Johann W. Goethe

 

Creo que fue a mediados de la década del ochenta que cayó en mis manos un libro que después se convertiría de consulta cotidiana, también supe, posteriormente que para muchos, paralelamente, fue un gran descubrimiento en esa etapa. En el pude leer y cito: “Las configuraciones historicoculturales propuestas froman categorías congruentes, fundadas en el paralelismo de su proceso histórico de formación étnocultural, en la uniformidad de sus características socilaes y de los problemas de desarrollo con que se enfrentan”(1) esto me permitió, en cierta medida, llegar a comprender el proceso que Fernando Ortiz llamó acertadamente <<transculturación>> que no es más que el denominado <<ajiaco>> formado principalmente del blanco español y el negro africano, pero con compònetes chinos, sirios, judíos, haitianos y muchas más “viandas” que entraron a jugar en el cocido formando nuestra nacionalidad y englobando el mosaico de identidad.

Desde el punto de vista religioso el proceso también se volvió sincrético: “Mientras el catolicismo español divide tajantemente el mundo en lo bueno y lo malo, el negro es un pagano, que se acerca más al modo de ver el mundo propio de los antiguos griegos que al del moralismo judío. Los dioses del negro son magnificaciones de las grandes fuerzas naturales y humanas, capaces de hacer tanto el bien como el mal, y cuya superioridad no emana de un designio moral sino de su poder y su eternidad”(2) indudablemente, desde el punto de vista científico el peso de estas religiones va a estar representada en nuestra identidad con fuerza especial como bien plantea Yoel James Figarola, poeta y ensayista santiaguero, fundador del festival del Caribe, recientemente desaparecido en un artículo publicado en La Gaceta de Cuba: “La Santería, el Palo Monte, el Vodu y el Espiritismo de Cordón son productos genuinos de nuestra historia, exponentes primordiales de nuestra cultura de resistencia y liberación, expresiones de la espiritualidad del pueblo cubano sin las cuales el pueblo cubano, precisamente, deajría de ser pueblo cubano” o más recientemente: “Las culturas africanas implantadas y transculturadas en nuestra isla nos hacen diferentes y nos han enriquecido (…) Por ello, el conocimeinto, la valoración de nuestras herencias culturales, de las culturas surgidas en nuestro continente y la defensa de las realizaciones en ese ámbito, es tarea vital para fortalecer nuestra identidad frente a los retos del mundo contemporaneo”(3) Y así podriamos seguir citando indefinamente a Lydia Cabrera, Teodoro Díaz Fabelo, Rómulo Lachatañeré, Alejo Carpentier, Exilia Saldaña, Rogelio Matínez Furé y Miguel Barnet, para no hacer más extensa la lista, ya que todo el que quiera profundizar en algún estudio sobre nuestra identidad debe partir de esas raíces, todo el que quiera cohesionar nación, patria, identidad y cultura, necesariamente tiene que beber en esa fuente de sabiduría. Como reconoce el sabio Doctor Djibril Tamsir Niane en una entrevista que se le realizara en la que reconoce haberse apropiado de la lengua del colonizador para alcanzar objetivos contrarios al colonialismo: “Exactamente, Es la fuerza de la cultura. Ustedes conocen esto en Cuba”(4)  

Eso fue lo que precisamente hicieron los jovenes del ochenta, a partir de su arte, de discernir el paralelismo del proceso cognoscitivo de nuestra identidad. Con la exposición Volumen 1 se abrieron, en esa década, las puertas a una nueva visualidad en la plástica cubana. Santiago Rodríguez Olazábal entró de lleno en esta corriente con un lenguaje trasgresor lleno de la iconografía de la tradición afrocubana, junto a figuras como Juan Francisco Elso, Ricardo Rodríguez Brey y José Bedia.

Desde su primera exposición personal (1983, El hombre el mito) se vislumbraba en él ese poder cognoscitivo que le permitiría llegar a realizar en 1985, la que se considera “su primera muestra significativa”(5): Okan to mi (Desde mi corazón). El artista, fue y sigue siendo un estudioso de nuestra religiosidad, es que viene desde la semilla de la formación de la nacionalidad, que tiene sus raíces en la mitología africana, en especial el Culto de Ifá. Él, es un hombre de compromiso con sus creencias y con la sociedad, por eso nunca se ha alejado de esas temáticas -sin dejar por esto- que su obra se convierta en repetitiva, por el contrario hemos visto como esa busqueda del conocimiento ha provocado por demás, un enriquecimiento en la manera formal de plasmar su arte.

“Obo Lowo Olorun” (Todo lo dejo en manos de Dios, 1991) ejecutada en la Cuarta Bienal de La Habana y Herencia. 1492-1992…500 años, ejecutada al año siguiente, en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), a mi entender, marcan un hito, pero sobre todo, determinan un homenaje a nuestras raíces, con el respeto que las mismas demandan y sin el hálito folklórico que se hiciera patente, a partir de los ochenta, tomando mucha más fuerza hasta estos momentos.

Posterior a otras multiples muestras, en 1995, realiza en Galería habana “Eyei Eke” (Sangre de mis venas) que -de igual forma- concibo como modelo en su realización. Tras visitar diversos países, incluso en Haití, donde su obra fue muy apreciada, realiza en 2005 “Onile” (El Guard’ian de la Tierra), nuevamente en el MNBA, con grandes instalaciones que rinden tributo al espíritu de la Madre Tierra, de la Pachamama, de que hablan los indígenas de Suramérica invocándonos a reflexionar sobre el daño que le estamos haciendo y sobre sus respuestas: “Este homenaje a Onile…ha sido erigido en un patio de La Habana en el quinto año del siglo XXI. Lo ha hecho un hombre blanco, instruido en el arte contemporáneo, para hablar de una religión ancestral negra que llegara de África hace siglos y que aún vive a miles de kilómetros en una isla antillana”(6)

Santiago, que ha compartido espacios con otros artistas importantes como Eliseo Valdés, Fernando Gómez, Belkys Ayón y Carlos Estevez, en sus exposiciones personales, y con otros respetados creadores dentro del género, en las colectivas; ahora vuelve un punto recurrente: la galería La Casona con “Pequeñas Cosas” obras aunque no tan pequeñas (1.10 x 0.76 metros como promedio), no se comparan con las grandes instalaciones y otros trabajos, realizados con anterioridad.

En ellas, aunque sigue presente el mensaje subyugante a que nos tiene acostumbrados, se aprecia una tendencia minimalizante a liberar los espacios, dando mayor fuerza al mensaje. Labores como “La Marcha”, “El paño” y “Los cuatro pilares del mundo” brindan una muestra de la singularidad empleada y del poder estético-plástico que alcanza, la misión que el artista se ha trazado, con esta muestra pone a nuestra consideración sus amplios conocimientos de los cultos yorubas, “patakines” llevados al lienzo con la técnica y la religiosidad que lo caracterizan, manifiesto de identidad, hurgando en nuestro pasado para definir nuestro presente y conocer mejor nuestro futuro.

 

  • 1. Ribeiro Darcy. “Las Américas y la civilización”. Proceso de formación y causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos. Capitulo III. La ransfiguración cultural Pág. 66 CEAL. Argentina, 1986.
  • 2. Rodríguez Rivera Guillermo. “Por el camino de la mar”. Capítulo I. por el camino de la mar. Pág, 28. ediciones Cubanas, La Habana, 2005.
  • 3. Fernández Martínez Mirta. “Oralidad africania en Cuba”. Editora Ciencias Sociales. La Habana, 2005.
  • 4. “A la sombra del árbol tutelar”. Editora Ciencias Sociales, La Habana, 2004.
  • 5. Matamoros Corina. Palabras al Catalogo Onile. Editora Escandon, España, 2005.
  • 6. Idem. Ob. Cit.

 

Manuel Fernández Figueroa
Genesis Galerías de Arte, La Habana, diciembre 2007