Perfil de Santiago Rodríguez OLAZÁBAL

 

Nosotros preferimos ser excéntricos y ubicuos para renacer siempre.
Ery Cámara

 

Uno de los más graves problemas filosóficos es aquel que se establece sobre la relación del arte con la realidad, y en este caso: Santiago Rodríguez Olazábal (Ciudad de La Habana, Cuba, 1955) introduce el universo de los espíritus según el canon de una denominación religiosa cubana: La Santería o Regla de Osha, a la cual pertenece en cuerpo y alma, como centro vital de una obra plástica de intensas y extensas resonancias. La ascendencia africana de esta religión, dada en el tiempo de la historia de Cuba, prueba la resistencia y solidez de las visiones en el orden del espíritu, a la vez, su posibilidad aún hoy, de ofrecer respuestas a problemas ontológicos: “¿Quién soy?” y al mirar hacia atrás, establecer la larga cadena intacta de los ancestros.

De modo que la obra de arte, cuyos problemas pasan a ser filosóficos, recupera en el caso que nos ocupa el aliento real que se sostiene en un moto vivo, para funcionar como intercesor entre el artista y el que mira. Construida de tal manera, si bien el creador no hace concesiones, el espectador debe indagar más allá del planteo ideoestético, en la raíz de la Regla, para, sintiendo la fuerza y presencia del Muerto (eggun) y la muerte (ikú) descubrir donde la realidad se vuelve arte.

Estas formas no son más un imaginario antiguo, o como lo señalaría un antropólogo victoriano, “objetos primitivos”, Santiago Rodríguez Olazábal valida su condición de ser actual, en el sentido occidental de la palabra; el universo de su visualidad no ha quedado estático, congelado en el tiempo, muerto, como restos de carácter antropológico que sólo interesan a los especialistas. En consecuencia, gracias al incesante flujo y reflujo de culturas, todas “fragmentos accediendo al imán”, al todo, a “lo cubano”, proyecta no sólo sus preocupaciones en el orden filosófico y religioso, sino estético, que debe resolver un artista occidental y actual definido por el oficio y destinado a personas que pueden apreciarlo.

En este momento no nos ocupamos de un artista que colecciona arte africano y transmite mediante su obra lo que significa para él el arte de esta región del globo. Estamos ante un artista que siente vivo dentro de sí un mundo de creencias a las que acude diariamente y a las que le permite regir su vida, sin dejar por ello, de disponer una obra que funciona como arte, ceñida al canon más exigente.

Esta circunstancia define el carácter discursivo e íntimo que resulta conmovedor y son el fundamento de sus dibujos, pinturas, esculturas, grabados e instalaciones. El artista se expresa por medio de una compleja red de recursos técnicos, sin interesarse en un arte, digamos, “exótico”. En sus obras está presente el legado formal de Occidente, a caballo sobre los grandes maestros, de tal manera que se siente la sed profunda en la búsqueda y en la solución que desea auténtica y propia. Estamos en presencia de una obra inusual donde se vertebran conceptos estéticos de Occidente con un tratamiento depurado, producto de un oficio establecido, y el carácter psíquico de culturas muy antiguas, que en colisión singular llegaron a Cuba para formar parte de nuestras vivencias, en la memoria de cientos de miles de seres humanos esclavizados cuya única propiedad era su espiritualidad. Santiago Rodríguez Olazábal produce una iconografía donde se hibridan el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, con el cual ofrece una visión inusual del universo del ser africano, desde la realidad del ser cubano de hoy.

Como hombre de fe, sabe que no está sólo; que su obra es parte de un portento, por lo cual, expresa en algún momento, cómo siente que una fuerza, a veces, agobiante, lo colma. Siente que su cuerpo es un vehículo a medias consciente de una fuerza que se declara y da sentido a sus experiencias (¿No se semeja en algo al “automatismo” surrealista?). Es en ese “trance” que conoce que el ser humano, él mismo, es un ser mutable, dotado mediante su fe de una voluntad teleológica que lo conduce de la mano a un fin último de superación e iluminación. Mientras las fuerzas de la naturaleza potencialmente atroces y terriblemente indiferentes a sus mutaciones forzadas o no, se despliegan fuera del hombre, este se guía por medio de signos intangibles, en la formulación de preguntas y respuestas incesantes. Como creador, siente Rodríguez Olazábal que su obra no está influenciada por la de otros hombres, aún a pesar de estar conciente de que el ser humano es “el gran apropiador” y de que la pureza es turbia, todo está contaminado. Este sentimiento de unicidad le es dado al sentir que su obra continúa un canon divino, intuye una fuerza creadora a un orden superior. La forma trascendental del arte es una forma de oración.

Es el momento no del regreso añorado a África, sino de fortalecer el conocimiento de lo que África dejó en Cuba, que por obra del tiempo y los hombres se abrazó a otros saberes. Creación en una dirección tangencial que produce ese “liber mundi” en que se mueve Santiago Rodríguez Olazábal. Un sitio en el que nadie es olvidado, y ninguna alegría o tristeza queda oculta. La exposición más reciente de este artista: “Yo nunca moriré” (Galería Habana, 2003) es el gran homenaje a los Antepasados. Dibujos, pinturas e instalaciones que cargan con su cuota de significados, como una suma de misterios que permanecen en silencio y un lenguaje estético que es como un regalo, portador de una fuerza profunda. Con un currículo impresionante y una obra que descuella, Santiago Rodríguez Olazábal no se cansa, su fuerza emana de todos aquellos que le acompañan.

 

Artículo publicado en la revista ARTE Y NATURALEZA. Publicación bimestral. Mayo-junio 2003. número 25.Madrid, España.

 

Lázara Castellanos
Crítico de Arte, poeta, novelista y curadora