Santiago Rodríguez Olazábal

 

“Lo nacional” es una moda en la pintura cubana, incluso con algunos “toquecitos” populares, lo suficientemente cuidadosos como para no perder “el nivel”. Durante muchos años dominaron la superficialidad y el vacío de una pretendida indagación en “lo cubano” (“…estamos empeñados en un viaje a nuestras raíces”). Pero, cuando repentinamente nos sale al paso un creador, Santiago Rodríguez Olazábal (Ciudad de La Habana, 1955) mostrando en sus dibujos la cara subterránea del llamado “sincretismo religioso cubano” hacemos como aquél que compró cabeza y le cogió miedo a los ojos. ¿Qué con fusión es ésta?

Rodríguez Olazábal, con sólo dos años de estudio en una escuela de arte, aprovecha el ambiente de una cierta apertura que coincidió con la creación del Ministerio de Cultura (1976) y el arribo de las promociones más jóvenes de artistas nacidos y formados dentro del proceso revolucionario, y se imbrica al llamado “movimiento generacional de los ochenta” que desarrollan un drástico distanciamiento hacia el pasado artístico y una voluntad de transformación muy acentuada. En medio de un aquelarre de formas, iconoclastas, divertidos, irreverentes, desdeñaron las paredes de galerías y museos y se lanzaron a las calles mostrando un conjunto de imágenes que hacen palidecer a las autoridades, a los especialistas y a un sector del público acostumbrado a los establecidos lenguajes edulcorados.

Santiago Rodríguez Olazábal se aleja voluntariamente de la fascinación que durante decenios y sobre generaciones de artistas, ejercieron la estereotipada y colorida representación del panteón yoruba y el carnaval cubano, viciada en muchos casos por el pintoresquismo, la reiteración, la voluptuosidad (ah, esas mulatas de fuego!, esas negras como ébano bruñido!) y una falta de información marcada por el facilismo y la propia impenetrabilidad de un mundo hermético y secreto.

Ikú, la muerte y Egun, el muerto, gobiernan el ímpetu creador de Rodríguez Olazábal. Su obra es la lógica de la conclusión del desarrollo de uno de los temas importantes en la pintura cubana, que rastrea la presencia de África en la nacionalidad cubana. Un camino que se inició en los finales de S XVIII, cuando, como parte integrante del paisaje, aparece el hombre negro.

Rodríguez Olazábal, busca la autentidad de sus trabajos por un camino lento y oscuro, pues persigue mostrar la integración del lenguaje plástico a los estratos más profundos del hombre cubano y sus creencias, fundamentando una reflexión sobre una cosmogonía específica: la santería, mitología de ascendencia yoruba. Con esto pretende establecer la poética de una de las vías en la relación metafísica del hombre con el universo. Su discurso se apoya fuertemente en símbolos complejos y muchas veces cerrados a la cabal comprensión por parte del profano, no exentos de belleza. La fundamentación dualista de sus imágenes ahondan en la soledad y en la angustia del ser existencial cuyo único asidero es su Dios. En su obra están como el mismo afirmara una vez, “…la presencia filosófica de las culturas africanas asentadas en el país, esencialmente la yoruba, sus pataki, sus proverbios, significados de signos del oráculo de osha e Ifá, referencias de las misas espirituales negro-cristianas y sobre todo la gran influencia sicológica-metafísica que ejerce sobre la mente del que oficia en ellas”. Como creador contemporáneo integra esta vocación a los requerimientos de la pintura cubana actual, traspasa las puertas de la post-modernidad y se apropia de una pluraridad de lenguajes en el que predominan las formas expresionistas.

Este artista busca en el mundo extraordinario de los muertos, el reino del gran Odúdúwá, donde el cuerpo espiritual sigue vivo en el tiempo y en el espacio encontrando un soplo vital en soportes materiales que, a veces, es el propio hombre, ejerciendo su voluntad por encima de cualquier impedimento. El personaje, Egun, al que ve actuar como mensajero entre los orisas y los seres humanos, le sirve para ilustrar la noción de un mundo que se rige en dos niveles, uno carnal y otro espiritual. Al hacerlo, no ha hecho otra cosa que asumir su obligación como creador de tomar posición junto a los hermanos que como él, profesan una fe. Iniciado desee muy pequeño en los ritos de la santería, proclama con desenfado que es un practicante activo consagrado a la diosa Oshun, orisa del amor, de las aguas dulces, las frutas jugosas, de la amorosa fragancia de la miel y el huraño hechicero Ogun, dueño de los metales. Desee su más tierna edad fue facultado para conocer los secretos más íntimos de las creencias, los rituales, las prácticas, la manera de orar, bendecir o pedir bendición, dominar su fuerza interior. Se siente comisionado por la sucesiva línea de babalawos e iyalosha de sus ancestros a defender y acercar al conocimiento de los demás hombres su impresionante herencia cultural…

 

Lázara Castellanos. Octubre de 1992.
Crítico de Arte, poeta, novelista y curadora

Artículo solicitado por Simon Njami, Director de Redacción del Magazine de Arte Revue Noire. París, Francia.